Mi infancia fue una mochila negra y sucia de Radio Insomnio

Luciano Sáliche

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Una vez tuitié que mi infancia fue una mochila negra y sucia de Radio Insomnio, un disco de Attaque 77. Porque yo recuerdo que el rock nacional me sirvió como unos anteojos 3D que me permitían decodificar la vida para poder analizarla y vivirla, en ese pasaje de niño a adolescente. El rock fue mucho más que canciones entrecortadas compiladas en un casette TDK grabadas de la radio. El rock fue una invitación a transgredir.

Pero, ¿qué es la transgresión? Una pregunta tan simplona y chata puede tener una profundidad oculta. Transgredir implica romper con esquemas establecidos, con el sentido común de las cosas, con la naturalidad. El arte, como expresión creativa a partir de las formas sensoriales, tiene dos opciones: transgredir o no. Una pintura puede adornar un aburrido living de una mansión de Arrecifes o tocar una fibra sensible de cualquier tipo que la mire y generarle un pensamiento, una abstracción, una reflexión.

Y en la música, precisamente en el rock nacional, ¿qué es transgredir? Para quienes vivimos la adolescencia (que aún no se termina) escuchando rock and roll barrial sabemos que la música despierta en el pibe común un acto de rebeldía. La guitarra de Chizzo Nápoli detonándolo todo, la voz de Ciro Martínez tirando onomatopeyas bailables, la poética oscurantista del Indio Solari, las letras de Ciro Pertusi cagándose en cualquier sistema costumbrista de dominación son los estandartes que levantamos de guachos para retobarnos cuando nuestros viejos nos imponían reglas arbitrariamente establecidas. Porque generalmente un pibe de clase media-baja no está sometido a una mayor presión que la de los padres: esa figura que engloba todo lo que uno no quiere ser pero finalmente será. Y la negación a aceptar el paso del tiempo, el convertirnos en sujetos responsables, se canalizaba mediante la música.

Con el rock nacional conocimos la calle, curtimos la vida, pateamos el barrio. Todavía recuerdo cuando un amigo me dijo la primera vez que escuché sobre los desaparecidos fue cuando me mostraste Canción inútil de Attaque 77. También recuerdo tardes en la sala de ensayo de una banda amiga tomando cerveza y hablando de la obsolescencia del matrimonio.

Que el planeta está inclinado hacia el Norte y unos cuantos empresarios y funcionarios públicos se quedan con la torta mientras el resto de los mortales exprimen su vida laburando para mantenerse tenía un gusto más agridulce con una canción de fondo Ska-P. Incluso con el rock nacional conocimos el porro. Cuando hay todo un sistema estructural que nos dice que las drogas son malas porque una vez que las probás te convertís en adicto, el rock estaba ahí dicéndonos: si me cansé de obedecer, de ser correcto, me corresponde ser obediente a mi parecer.

¿Y qué sería del rock sin el amor? Cuando todos los latin-lovers nos pintaban un universo rosa, ahí apareció el rock para bajarnos de un tirón a la realidad y decirnos que la vida es rara, complicada y que vivir sólo cuesta vida.

La esencia del arte no es transgredir porque si no deberíamos afirmar que todo lo que no se revela frente a una imposición, por más ínfima que sea, no es digno de ser llamado arte. La transgresión no es una condición sine qua non del arte, es más bien una decisión del artista. Y en el rock nacional sucede lo mismo sólo que al ser estar dentro del mundo adolescente (y trascenderlo) la rebeldía pasa a ser un motor de creación y consumo.  Sólo basta con hacernos una pregunta: ¿dónde hubiese estado nuestra rebeldía si el rock no la hubiese encendido?

           Attaque 77 – 15 años –  Pegar o morir

 

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