Literatura y pueblo

Luciano Sáliche

Castilla

¿Quién dijo que en los pueblos la vida es aburrida y no suceden cosas fascinantes? La literatura moderna siempre ha tenido favoritismo por las ciudades monumentales. Es claro que la masa mayoritaria de lectores está en las grandes metrópolis pero hace unos años comenzó a surgir una oleada de escritores -o al menos se empezó a hacer visible- que, con una sutileza inquietante, ha tomado como escenario pequeñas ciudades y pueblos del interior del país para establecer historias con códigos diferentes.

La literatura porteña es la forma dominante dentro de los textos literarios argentinos. La ciudad de Buenos Aires es el escenario utilizado por la gran parte de los escritores desde, al menos, principios del siglo pasado, cuando la Modernidad llegó al país. Más que literatura porteña se podría hablar de literatura de las grandes urbes porque la construcción de los personajes y su psicología responde a un espacio hacinado repleto de edificios y tránsito desbordado, donde las plazas son pequeños pulmones de la ciudad y la heterogeneidad de las colectividades forman un mundo totalmente novedoso e impredecible. Impredecible porque en la muchedumbre se esconden millones de historias.

El dinamismo de las subjetividades y la forma de comprender el mundo son totalmente diferentes en un pueblo de interior que en una gran ciudad. Existen algunas diferencias claras que hacen a la distinción entre ambos mundos.

La soledad en la ciudad se puede representar en la angustia que genera el anonimato de estar en permanente contacto con personas desconocidas. Ésto se expresa muy bien en el cuento El hombre de la multitud (1840) de Edgar Allan Poe. En cambio en el interior, donde las personas por metro cuadrado representan un número menor, los extensos latifundios desiertos le dan al individuo la sensación de pequeñez con el universo. El mejor ejemplo sería el siguiente: La contemplación del horizonte y las grandes llanuras desde un acantilado se contrapone con la vista de la ciudad desde el balcón de un piso 30.

El escritor cordobés Carlos Godoy, en una escena del cuento Final de anatomía del libro Can Solar (17 grises, 2012), describe una clave de la dicotomía campo-ciudad: “No se trataba del mismo miedo que se siente en la ciudad. No es miedo a que una persona te viole o te robe o simplemente te ataque. Es un miedo más esencial e infundado. Miedo a la oscuridad, al campo traviesa, a las formas extrañas de los árboles”.

Luciano Lamberti también es alguien que trabaja sobre esta cuestión. En su libro de cuentos El loro que podía adivinar el futuro (Editorial Nudista 2012), el misticismo y lo sobrenatural toman forma sobre la base que los sostiene: las creencias de pueblo. Por ejemplo, en el cuento Pequeños accidentes ridículos habla de la puericultura y de cómo una familia, ante la sucesión de ruidos extraños provenientes del fondo de su casa recurren primero a la policía, luego a un cura que bendice las habitaciones y finalmente a un parapsicólogo. Este último da su diagnóstico: “Este chico sufre de una rara variedad de telekinesis, o sea: de la capacidad de mover objetos con la mente. Telekinesis inconsciente, la llamamos”.

Hay otro cuento de Lamberti llamado La canción que cantábamos todos los días donde un integrante de la familia se pierde en un bosque y al regresar deja de ser el mismo. Esta familia convive con él pero no es él, es otra cosa. Sobre esta premisa macabra se monta una estructura de sentido que permite naturalizarlo desde la pasividad del pueblo, desde la creencia mística de que lo sobrenatural es una variable totalmente posible. A este ejemplo podemos sumarle un cuento de culto: La gallina degollada de Horacio Quiroga publicado en 1917 en el libro Cuentos de amor, de locura y de muerte. En él se relata la violencia, el egoísmo y la ignorancia de un pueblo lejano. Una pareja totalmente amargada por haber tenido cuatro hijos idiotas hasta que la quinta, una niña, nace “normal”: con esas simples premisas se desata una narración escalofriante en el medio del campo.

La temática de los OVNIs cuadra perfecto con esta idea. Todo el tiempo, diferentes pueblerinos ven naves voladoras a distancias no muy lejanas de la Tierra. En una entrevista en la Revista Alrededores, Carlos Godoy -mientras hablábamos de su cuento Can Solar que habla justamente de este tema- me dijo que el OVNI “es la religión de hoy en día, así como la literatura de hoy en día es la autoayuda (…) Son personas muy especiales. Me parece que quienes creen en OVNIs están más cerca de la salvación. Y seguramente están más locos. Ellos se quieren salvar, mucho más que nosotros”.

Una cuestión central en la construcción de los personajes es el contexto en el que se los ubica otorgándole un elemento contundente tanto en la identidad como en la narración de los hechos esperables. Este tópico está muy bien tratado en el libro Glaxo del escritor chivilcoyano Hernán Ronsino (Eterna Cadencia, 2009) donde separa su novela en cuatro partes. En cada una de ellas narra la historia desde la subjetividad de cada personaje, describiéndolo. Es así como logra retratar la calma, la tranquilidad, la serenidad de un pueblo que, cuando se le elimine el prejuicio, se rompe completamente con el giro narrativo de la literatura. En su primera novela, La descomposición (Interzona, 2007), Ronsino evidencia esta ruptura con la llegada de una tormenta que vuela gran parte de la ciudad. Esa es la metáfora perfecta para comprender que el reposo en la cotidianeidad de un pueblo dura lo que dura una siesta. Los hechos inquietantes están a la vuelta de la esquina, esperando, como siempre, a ser contados.

La mirada etnocentrista del porteño medio ve la vida de pueblo como monótona, con bajas probabilidades de que ocurra algo que rompa con esa linealidad de hechos irrelevantes. Los cuentos aquí citados descomprimen la visión acartonada de lo que sucede del otro lado del Gran Buenos Aires poniendo de manifiesto que lo que es diferente es la lógica de pensar el espacio. En el campo, en los pueblos y en las pequeñas ciudades el tiempo fluye de otra manera, la contemplación del paisaje, la relación con el otro y la relación con uno mismo tienen una forma distinta a la ciudad con su parafernalia, sus múltiples actividades y superpoblación.

¿Acaso alguien se atrevió a afirmar alguna vez que en los pueblos no suceden cosas fascinantes? Volviendo a citar el libro de Lamberti, en el cuento homónimo de El loro que podía adivinar el futuro dice exactamente lo siguiente: “En los pueblos, se dice ‘Tiene el loro’, cuando alguien enloquece, y ‘Viene el loro’, cuando se aproximan tiempos difíciles. La gente de los pueblos sabe de lo que habla”.

*Foto: Pueblos de Buenos Aires: Castilla (Partido de Chacabuco)

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